No es inusual que las personas quienes deciden transformar sus hábitos de comer se encuentran inmersos en un conflicto. Su mente le dice: “Quiero comer mejor. Quiero eliminar alimentos dañinos de mi dieta. Quiero lucir mejor. Quiero una mejor salud.” pero…impulsivo y compulsivamente se encuentran haciendo exactamente lo opuesto. A lo mejor aguantan un periodo comiendo mejor, pero eventualmente la fuerza de voluntad desaparece y vuelven a los malos hábitos. ¿Hay alguna forma de evitar esta tragedia que a veces resulta en aumentar varios kilos, deprimirse, sentirse enfermo y lleno de culpa? ¡SÍ!

Les hablaré de mi misma. Cuando inicié mi cambio de alimentación, siempre me sentía privada por no poder comer “mis venenos.” El simple hecho de que intentaba evitarlos me hacía desearlos más. Entonces decidí designar un día por semana para comer todo lo indeseable. Apenas tomé esta decisión mi deseo para sentirme mal disminuyó en cierto grado. De hecho cumplí con mi cometido de comer lo que no me convenía…sin embargo no sentía el mismo “disfrute”…en realidad ni siquiera lo disfrutaba y terminaba sintiéndome indigesta. Seguí con mi plan de comer mal al propio un día por semana. Siempre obtuve los mismos resultados…aumenté de peso, me sentía indispuesta y disgustada lo que me hacía desear intensamente volver a mi dieta sana de toda la semana. Eventualmente ya no tenía sentido comer mal para mí. Me sentía tan bien comiendo lo sano que perdí deseos por mis queridos venenos.

Lo bonito de comer mal deliberadamente es que usted lo hace con su mente consciente. No es un impulso o un acto compulsivo. Usted lo hace sabiendo que usted lo controla. Ya no es un ataque de sorpresa cuando menos lo necesita, sino que es un acto friamente calculado. Si desea entender más acerca de los verdaderos gustos y pensamientos del ser humano en relación con un verdadero mejoramiento en su vida, adqiera el libro ¡ESTAMOS EN EL SEXO AHORA MISMO! ¡QUÉ DICHA! (a la venta en principales librerías de Costa Rica o por medio de este website) cuyo autor es mi padre, el Dr. William Paer Fairmont.

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